jueves, 4 de agosto de 2016

EL EXPRESO DE SHANGHAI II

La película es un clásico del primer blanco y negro sonoro; la atmósfera creada en el tren asiático es de un decadentismo que roza el expresionismo. Sternberg jugó con la cámara y las luces bañando la imagen de una suerte de sortilegio de claroscuros. Nunca Marlene se vio tan etéreamente misteriosa, tan artificialmente retratada.
Esta película es sonora pero bien podría haber sido muda en su concepción; las imágenes hablan por sí solas, subrayadas a veces por frases hiperbólicas, ironías de romanticismo despechado o declaraciones de amores recobrados en el tiempo. Es sobre todo imagen, rostro, penumbra, luz y sombra que enmarca sensaciones, sentimientos y veladas ilusiones. Marlene está presente en todo el filme en presencia y ausencia. Su paseos silenciosos en el pasillo del viejo expreso anuncian desesperación y melancolía y sobre todo, paran el reloj del tiempo para sumergirnos en un tiempo soñado, evanescente, solo posible en el mundo del celuloide. En ese momento aparece el aura de Dietrich, cuando casi levitando atraviesa vagones con las plumas de un gallo salvaje, cuando mirando hacia el infinito reza, llora en silencio, con la mirada de las vírgenes más crepusculares. Su imagen a menudo mortecina, de una atrayente frialdad, da los mejores momentos de una película que es eternamente Dietrich.

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